Por: Lina Gómez Henao
¿Qué hace que una historia de ciencia sea un buen relato? Uno que haga que el lector se enganche tanto, que al terminar de leer quiera saber más porque el tema ha capturado su interés.
Peter Fischer y Barbara Thies, investigadores de la Universidad Técnica de Braunschweig en Alemania, decidieron convertir esa pregunta en un estudio científico. Reclutaron a 570 participantes y les dieron versiones distintas de relatos sobre neurociencia y astronomía.
Algunas versiones de esos relatos eran historias sencillas, sin mucha elaboración. Otras añadían imágenes sensoriales: olores, luces, texturas. Algunas describían en detalle lo que sentía y quería la protagonista, una científica llamada Jean. Y unas cuantas combinaban ambos elementos (detalles y emociones).
Después de que los participantes leyeron las historias, el equipo de investigadores midió tres cosas: cómo valoraban la historia, hasta qué punto se “perdieron” dentro de ella, y si al terminar querían saber más sobre el tema. ¿Cuál creen que fue el resultado?
Ni adjetivos, ni emoción
Añadir imágenes vívidas o revelar las emociones de Jean no mejoró significativamente la valoración que los lectores hacían de la historia. Dicho de otro modo: enriquecer la superficie narrativa no garantiza que el lector la perciba como mejor.
Para quienes trabajamos comunicando ciencia, esto es casi que contraintuitivo, pues nos han dicho que no solo es suficiente con dejar los tecnicismos sino usar palabras que ayuden a humanizar el relato; pues esta investigación demuestra que no existe una receta sencilla para lograr que una historia de ciencia “enganche”, ya que añadir adjetivos sensoriales o un párrafo sobre lo que siente el protagonista no actúa como palanca automática.
El mecanismo que sí importa: la transportación
Lo que el estudio sí reveló con claridad es el camino que sigue el interés del lector. Cuando alguien valora positivamente una historia —el estudio no indagó por las razones de esa valoración—, ocurre algo: se transporta. En psicología de la comunicación, la transportación narrativa describe ese estado en que el lector pierde conciencia de su entorno, deja de contraargumentar, y entra en el mundo del relato. Este es un estado cognitivo medible, con efectos documentados en la atención y la memoria. Muy parecido a cuando ves una película y te abstrae de la realidad o cuando lees un libro y no quieres parar hasta terminarlo.
Y esa transportación es la que genera interés por el tema científico del que se habla en la historia. No directamente la calidad percibida, sino la calidad percibida a través de la experiencia de haberse perdido en el relato.
El modelo que Fischer y Thies construyeron presenta la transportación como uno de los eslabones de la cadena: buena historia → transportación → interés por la ciencia. Los autores señalan que la transportación no es el destino, es el puente entre un tema científico y el interés del público por este.
Los investigadores explican que la calidad percibida se midió con una sola pregunta: “Indica ahora qué tanto te gustó la historia presentada. Si es posible, responde desde tu instinto, sin pensar demasiado.”
La investigación también encontró que las mujeres reportaron niveles más altos de transportación e interés que los hombres. Las personas sin título universitario se transportaron más y mostraron mayor interés que quienes sí la tenían —aunque estas últimas valoraron igual de bien las historias—. Y quienes ya conocían algo del tema científico antes de leer, se conectan con más facilidad.
Esto sugiere que la narrativa científica no actúa igual en todos los públicos, y que diseñar una historia sin pensar en quién la va a leer, es la mitad del trabajo en el mejor de los casos. Así que las implicaciones de este estudio van más allá de escribir con rigor, cercanía y conociendo al público… Nos invita a preguntarnos si lo que hemos escrito, realmente logra enganchar tanto a quien no sabe de nuestro tema, como para que olvide, por un momento, que está leyendo y se sumerja en el relato.
¿Cómo se lleva a la práctica?
Fischer y Thies no cierran la puerta a las imágenes sensoriales ni a los protagonistas con vida interior. De hecho, aunque los efectos fueron demasiado pequeños para ser estadísticamente significativos, las versiones más elaboradas siempre obtuvieron puntuaciones ligeramente más altas que las básicas. Pero lo que señalan es que esos elementos por sí solos no son suficientes, y que el objetivo real —la transportación— depende de cómo encajan en una estructura narrativa más amplia.
Para lograr la transportación, el estudio menciona el modelo And-But-Therefore (Y-Pero-Por lo tanto) de Randy Olson, que señala que una historia científica necesita conflicto, obstáculo y resolución, no solo una descripción enriquecida del relato.
Así que, cuando un científico quiere escribir para alguien no experto sobre su investigación, además de contarle cómo se sentía mientras hacía el experimento, a qué olía el laboratorio, o cuántas horas llevaba sin dormir, también debe tener presente que lo que crea transportación es que el científico quiere algo que no puede alcanzar fácilmente o lo desafía, y que la ciencia es el camino que encuentra para resolverlo.
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Fuente:
Fischer, P. y Thies, B. (2026). What makes a good story? An empirical analysis of the factors that constitute "good" storytelling in the context of science communication. JCOM, 25(03), A06. https://doi.org/10.22323/153420260208063651


